No hay nada más poderoso que una idea
a la que le ha llegado su tiempo, escribió el novelista francés Víctor
Hugo. El comunalismo es esa idea y el tiempo es éste. Hace una
década, el sacerdote jesuita Ricardo Robles lo advirtió. El próximo
siglo –solía decir– será el de los pueblos indios.
La relevancia y actualidad que el
comunalismo ha adquirido como categoría para pensar la
transformación social se hizo evidente durante el primer Congreso
Internacional de Comunalidad 2015 Luchas y estrategias
comunitarias: horizontes más allá del capital. Realizado entre
el 26 y 29 de octubre pasados, en Puebla, reunió a centenares de
participantes provenientes de diferentes partes del mundo.
Mediante conferencias magistrales,
mesas de trabajo y presentación de libros, los asistentes al
congreso reflexionaron sobre las rutas y opciones para cambiar el
mundo y el papel de los bienes comunes, la comunalidad, la producción
cotidiana de lo común, lo comunitario-popular y las luchas por lo
común.
A los convocantes al encuentro les
interesó reflexionar acerca de las contribuciones que el debate
sobre lo común y la comunalidad ha hecho a la difícil cuestión de
la tensión entre conservación y transformación del orden social a
partir de las luchas desplegadas desde varios sujetos colectivos; a
la crítica de la modernidad capitalista y las prácticas políticas
que ésta ha engendrado, y a la reconsideración de los estudios
acerca de la reproducción material y simbólica de la vida social,
que han pasado a ser ejes centrales para una comprensión más fértil
de lo político y la política (http://goo.gl/ZgSUib
).
¿Qué entender por comunalismo? Por
principio de cuentas, una práctica de vida y de organización: la de
las comunidades mixes y zapotecas de la Sierra Norte de Oaxaca. Pero
también una reflexión teórica sobre esa experiencia, una apuesta
de sistematización de su estructura y dinámica, de la forma en que
se producen y reproducen sus relaciones sociales.
El concepto está definido en la Ley
General de Educación del Estado de Oaxaca. La norma lo define como
la forma de vida y razón de ser de los pueblos de la entidad, que el
estado debe respetar y preservar.
Consiste, dice Benjamín Maldonado,
en una ideología política que genera identidad en torno a la
comunidad. No es un principio esencialista, sino un principio rector
de vida. Es una orientación de lucha, una forma de nombrar lo
propiamente indígena, de identificar lo que hay que defender. Es un
principio rector de la vida india. Es –añade Arturo Guerrero–
una episteme.
Y, de acuerdo con el zapoteco de
Yalalag Joel Aquino –uno de sus principales promotores–, es una
palabra que define eso que sentimos, que vivimos, que expresamos y
que viene de nuestros abuelos.
La comunalidad, contaba Floriberto
Díaz –una de las figuras centrales de esta corriente de
pensamiento–, fue un concepto que se construyó debatiendo con el
antropólogo Arturo Warman, quien sostenía que la sobrevivencia de
la comunidad no era viable. Es, pues, una idea-fuerza frontera entre
diversos campos intelectuales en lucha.
Para el abogado mixe Adelfo Regino,
es la actitud humana hacia lo común (...). La raíz, el pensamiento,
la acción y el horizonte de los pueblos indígenas.
El comunalismo es un pensamiento
vivo, vigoroso, que nace y se expresa en la práctica cotidiana de
comunidades indias, nacido de una forma de vivir, que se legitima en
sus prácticas actuales. Una vía para la reconstitución de los
pueblos indígenas. Es un pensamiento y una acción contemporánea,
una expresión del asociacionismo del siglo XXI. Es una reserva de
futuro, no un lastre del pasado.
Nace como concepto de procesos de
lucha por la defensa de los recursos naturales, la construcción
organizativa, la reflexión colectiva, el debate. Esas luchas son
antecedente obligado de la resistencia de pueblos y comunidades
indígenas al nuevo ciclo de despojo y devastación ambiental de sus
tierras, territorios y recursos naturales.
¿Acaso todos los pueblos indios que
habitan México son comunalistas? ¿Son las juntas de gobierno
zapatistas comunalistas? Hay quien sostiene que sí. Hay quien lo
pone en duda. Estos últimos ponen de argumento la experiencia
rarámuri o seri. Hay quien plantea que es una expresión básicamente
oaxaqueña, otros que es esencialmente mesoamericana. El debate está
abierto.
¿Tiene el comunalismo una base
productiva propia asociada exclusivamente a la comunidad agraria? No
es una pregunta ociosa. Su respuesta excede este artículo. Baste
apuntar que, si así fuera, no habría forma de que se reprodujera
entre los oaxacalifornianos que laboran en ambos lados de la
frontera de México y Estados Unidos.
Como casi toda forma de resistencia
comunitaria, la comunalidad no implica necesariamente ruptura
absoluta con las instituciones gubernamentales. Su coexistencia e
imbricación es obligada y está marcada por la correlación de
fuerzas. El comunalismo no es autárquico. No implica, por lo pronto,
un proyecto de soberanismo radical. De hecho, el priísmo ha
aprendido a convivir con él.
Sin embargo, eso no significa que sea
funcional al sistema. Está presente como elemento central de
resistencias ante el despojo y el autoritarismo. Un conflicto como el
que, en 2006, dio lugar a la Asamblea Popular de los Pueblos de
Oaxaca, habría sido impensable sin la influencia del comunalismo.
Asegura el escritor libanés Amin
Maalouf que su generación tiene razones para la nostalgia. Se es
nostálgico de todos los sueños que se han tenido y no se han
realizado, dice. Añade: Hay ideales indispensables que nosotros
hemos tenido y ahora son rechazados: los de solidaridad y de
igualdad. Estamos en un mundo donde la desigualdad es promocionada
como una forma de modernidad que funciona como receta para destruir
el tejido social.
Es en la disputa por legitimar a la
nostalgia del porvenir de un mundo más justo que el concepto de
comunalidad ocupa un lugar privilegiado.


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