Han
pasado casi dos meses de la agresión, y los pequeños no olvidan lo
sucedido. La violencia policial aparece en sus dibujos y en sus
sueños, en sus conversaciones y en su futuro. Cuando sea grande,
cuenta uno de los niños, quiere ser policía para matar a los
uniformados que lo gasearon y machacaron a palos a sus familiares.
Ese
19 de junio, 26 pequeños vieron a sus papás salir a defender a su
pueblo de la agresión de los gendarmes y luego correr a esconderse.
Durante días, en la explanada del templo de Nochixtlán dos
cartulinas tenían los nombres de los menores que perdieron a sus
padres en el ataque de la Policía Federal.
Ese
día, en la humilde colonia 20 de Noviembre, que no cuenta con agua
ni con electricidad, unos 30 uniformados lanzaron gases contra
viviendas construidas de láminas, cartón, latas y escasos
materiales. Allí estaban 32 niños, ninguno mayor de 11 años. Los
pequeños, sentados en una colchoneta narraron a Arturo Cano cómo se
ahogaban y vomitaban con el humo de los lacrimógenos.
Uno
de ellos le platicó cómo escuchaban vociferar a los policías:
Vénganse
por acá, aquí van a tener su chinga.
Otro le contó que gritaban groserías y provocaban a los maestros.
Uno más describió cómo usaron
sus pistolas y empezaron a matar gente.
Y otro le dijo que aventaron una cosa redonda detrás de una casa,
que explotó,
sacó lumbre.
En
total, fueron víctimas directas de la agresión policiaca cerca de
70 menores. El daño sicológico que sufrieron está a flor de piel.
A la cuenta de damnificados infantiles hay que sumarle la de otros
hijos de los asesinados y discapacitados por la agresión policial. A
partir de ahora, sin alguien que lleve el sustento a su casa, ellos y
sus madres tendrán que trabajar para ganarse la vida.
La
masacre de Nochixtlán dejó un saldo trágico de ocho civiles
asesinados (11 en Oaxaca), 94 heridos de bala, 150 víctimas directas
y entre 300 y 400 indirectas. Quienes sufrieron lesiones mayores,
quienes aún tienen balas en el estómago, ¿de qué vivirán ahora?
Ciertamente, no de cultivar el campo.
En
su inmensa mayoría, las víctimas de Nochixtlán son gente humilde,
que vive sin ahorros y con muy pocos recursos. Ante la negativa
gubernamental a brindarles atención médica y ante el miedo a ser
perseguidos, debieron gastar sus pocos ingresos en curarse de mala
manera con médicos particulares.
Dolor
sobre dolor, tragedia sobre tragedia, los familiares de los ocho
asesinados sufren hoy no sólo la pérdida de un ser querido, sino
una pesada deuda económica. Enterraron a sus difuntos como la
tradición manda, dando de comer a quienes durante días los
acompañan en su dolor. Un funeral así cuesta, al menos, entre 100 y
150 mil pesos, gasto que sólo puede solventarse con préstamos que
deben pagarse a tasas de interés usureras.
Decenas
de esas víctimas se concentraron el pasado 31 de julio en la
emblemática Plaza de las Tres Culturas, en Tlaltelolco, con muletas
y vendajes. Con rabia y coraje narraron a la prensa su dolor y le
mostraron su heridas. ‘‘Aquí estamos –dijeron–; tenemos
nombre, tenemos rostro, tenemos miedo. Aquí estamos, hemos venido a
exigir justicia, no dinero”.
Indignados
por los señalamientos de diputados priístas como Mariana Benítez
(subprocuradora cuando fueron desaparecidos los 43 normalistas
rurales de Ayotzinapa y coautora de la verdad
histórica),
denunciaron que ‘‘hubo balas que entraron por la boca y salieron
por la oreja; disparos que impactaron en piernas, tobillos, ingles,
en el estómago, en el pecho, en la espalda, en los pies, en los
dedos’’.
El
enojo de los nochixtlecos con la diputada Benítez y con otros
integrantes de la comisión legislativa especial para investigar los
hechos de Nochixtlán proviene del enorme desprecio con que los han
tratado. Su palabra no vale. Aunque esa comisión se formó desde el
pasado 6 de julio, sus integrantes han sido incapaces de reunirse con
los representantes de la Asamblea de Víctimas. Han hablado con la
PGR, con el presidente de la CNDH, con el ombudsman
de Oaxaca, pero no con los directamente afectados.
Más
aún, varios legisladores han puesto en entredicho la versión de los
hechos de las víctimas. Así sucedió, por ejemplo, el pasado 26 de
julio. Ese día, el titular de la Defensoría de Derechos Humanos del
Pueblo de Oaxaca, Arturo Peimbert, cuestionó ante la comisión que
no está claro qué perseguía el operativo de la Policía Federal
(PF) en Nochixtlán, porque si
querían lograr el desalojo de la autopista en 15 minutos, lo
consiguieron,
y preguntó: ¿Por
qué incursionaron y entraron a la zona urbana, a colonias como la 20
de Noviembre?
Varios integrantes de la comisión respondieron iracundos poniendo en
duda la versión del defensor.
Lo
mismo hicieron cuando, en la misma reunión, denunció, recogiendo
los testimonios de los afectados, que en los hospitales donde la PF
tomó el control impidió al personal médico atender a la población
civil y a los maestros. “Fue –dijo ante el visible malestar de
los legisladores– en varios hospitales, y tenemos un oficio que nos
escribe el propio IMSS explicándonos esta situación; es gravísima.
A los lesionados se les acosó, se les intimidó y persiguió”.
Han
pasado casi dos meses de la masacre de Nochixtlán, y el gobierno
federal ha sido incapaz de ofrecer un relato coherente y creíble
sobre lo sucedido. Sin embargo, se han filtrado a la prensa versiones
que exculpan a la PF y a la Gendarmería de la represión, al tiempo
que se inculpa a cinco organizaciones populares de la región. Está
en marcha una nueva verdad histórica.
Urge
conocer la verdad de los sucedido en Nochixtlán, castigar a los
responsables y reparar el daño. Urge que niños y afectados sanen.
Como dicen los víctimas: si
el gobierno invirtió tanto para asesinarnos, que invierta ahora en
curarnos.







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