El
actual conflicto magisterial es un hecho inédito en la historia de
los movimientos sociales en México. Y, aunque su principal promotor,
la CNTE, tiene casi 37 años de vida y ha realizado múltiples
jornadas de lucha, la oleada de protestas iniciada el pasado 15 de
mayo no se parece a ninguna anterior.
Por principio de
cuentas, su novedad radica en que, en varios estados, se ha
convertido en un movimiento magisterial-popular de largo aliento. Una
gran diversidad de actores sociales no sólo acompañan a los
educadores en su lucha, sino que, además, están expresando su
propio descontento junto a ellos. Coinciden con los profesores en su
oposición a la reforma educativa y en la defensa de la educación
pública, pero, además, suman a estas reivindicaciones las iras
acumuladas que fermentaban hasta ahora en silencio.
Esta convergencia
va más allá de los padres de familia organizados. Los maestros de
la coordinadora han encontrado aliados inesperados a su causa. Una
parte de la jerarquía de la Iglesia católica no sólo insiste en
que se necesita una salida negociada al conflicto; también brinda su
apoyo directo a los docentes. Con menos reflectores, pero con gran
eficacia, una multitud de iglesias protestantes visitan los plantones
de los profesores, les llevan víveres y les brindan palabras de
estímulo.
Al movimiento se
han sumado también presidentes municipales y autoridades agrarias,
los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos,
estudiantes, artistas, académicos de universidades especializados en
educación, trabajadores del sector salud, sindicalistas,
intelectuales y hasta pequeños empresarios. El EZLN donó a los
maestros los alimentos que había acopiado para la realización de
CompArte y ha buscado dar visibilidad y animar el movimiento. Morena
convocó a una movilización nacional en apoyo de los educadores.
En multitud de
localidades rurales y en barrios pobres de grandes ciudades los
padres de familia han rebasado a los maestros de sus hijos. Se han
puesto al frente de la lucha, cerrado escuelas, enfrentado a las
autoridades y leído la cartilla a los trabajadores de la educación
temerosos de suspender actividades.
Otro aspecto
relevante de la novedad del movimiento es su radicalidad y su
confrontación directa con el mundo patronal. La derecha empresarial
convirtió la educación pública en territorio de una guerra de
clase abierta. Al humillar, ofender y denostar a los maestros
(incluso con insultos racistas) abrió una verdadera caja de Pandora.
Los profesores han
respondido golpeando los intereses patronales con grandes bloqueos
humanos en carreteras, vías de ferrocarril, sucursales bancarias y
grandes centros comerciales, que estrangulan transacciones
financieras, comerciales y el tránsito de mercancías.
Los bloqueos de la
CNTE han paralizado la actividad de buques y trenes. En Michoacán,
durante 10 días han impedido la circulación de productos,
particularmente de autopartes para abastecer a los armadores del
norte del país y a Estados Unidos. Han infartado la arteria aorta
que alimenta y oxigena al polo de desarrollo industrial más dinámico
del país, enclavado en el Bajío: la ferroviaria Kansas City
Southern de México, que conecta el puerto de Lázaro Cárdenas con
Laredo, Texas. Lázaro Cárdenas es el segundo fondeadero más
importante en el movimiento de contenedores en el litoral del
Pacífico y es, además, la principal puerta de entrada para el
tráfico automotor proveniente de Asia.
Los maestros han
puesto en práctica una versión renovada de la guerra de la pulga,
de acoso constante y ofensivas fulminantes. Han respondido a las
acometidas paquidérmicas del gobierno con una capacidad felina de
movilización. Nunca se quedan quietos. Sus protestas se realizan
simultáneamente, golpeando diversos flancos, de un lado a otro, con
determinación y rapidez. Ejemplo de ello son las protestas
simultáneas en 57 puntos de la ciudad de México, que obligaron a
las autoridades educativas a adelantar el fin de cursos tres días.
Su movilización
ha superado el reto del fin de los cursos escolares y el inicio de
las vacaciones. Su lucha no da muestras serias de desgaste. Como si
se encontraran en una carrera de relevos, sus contingentes alternan
su participación en marchas, plantones, bloqueos o asambleas. Lejos
de disminuir, las movilizaciones se han ampliado. Nuevos sectores de
maestros, usualmente institucionales, se han incorporado a las
protestas en estados como Nuevo León, Tamaulipas y Yucatán.
El movimiento se
ha convertido ya en un verdadero huracán. Según José Álvarez
Lima, ex gobernador de Tlaxcala, lo que empezamos a tener en el sur
de México es una revuelta popular, propiciada por las autoridades
que han cometido graves errores estratégicos, y agredido, denigrado
y amenazado a unos mexicanos que ocupan importantes espacios
políticos en esas regiones (http://goo.gl/kQhWle).
No exagera.
Cuando el gobierno
federal ha querido utilizar la represión para solucionar el
conflicto, los resultados han sido contraproducentes. Ni el
encarcelamiento de los dirigentes magisteriales, ni los despidos
masivos, ni el congelamiento ilegal de sus cuentas bancarias lograron
frenar la lucha. La masacre de Nochixtlán (11 muertos según los
pobladores) movilizó a la opinión pública y a los sectores
preocupados por los derechos humanos a favor de los maestros.
El conflicto
tampoco puede resolverse administrándolo, o apostando a su desgaste,
o tratando de engañar a los maestros o envolverlos en maniobras
dilatorias. La pretensión de quitar banderas a la coordinadora,
incorporando a la dirección del SNTE en una negociación a modo, no
tiene futuro. La resistencia contra la reforma educativa comenzó
hace más de tres años y medio y, en su fase actual, tiene más de
dos meses (el paro indefinido comenzó el pasado 15 de mayo).
Louise Michel,
educadora y combatiente en la Comuna de París (1871), escribió que
la tarea de los maestros, esos soldados oscuros de la civilización,
es dar al pueblo los medios intelectuales para rebelarse. Herederos
de esa gesta libertaria, pareciera ser que los profesores de la CNTE
se han echado a los hombros esa misión.






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