La campaña de lodo
contra el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI)
es como una novela policiaca al revés. En las obras clásicas del
género un detective se encuentra con un crimen y debe investigar la
identidad de quien lo cometió. Primero hay un homicidio y luego se
busca al criminal que lo perpetró. Sin embargo, en la guerra
sucia contra el GIEI la historia camina en
sentido inverso. En la novela negra al revés sobre los expertos
independientes primero encontraron a los criminales y luego les
buscaron un crimen que achacarles.
El guión está claro.
Desde hace semanas, los organizadores de la campaña contra los
expertos independientes que proporcionan asistencia técnica para la
búsqueda de los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos se han
dedicado a inventarles todo tipo de delitos. Han echado mano de la
máquina de fango para
sembrar en la opinión pública todo tipo de falsedades y medias
verdades sobre ellos y su trabajo.
Las acusaciones en su
contra caen cada día en cascada. Lo mismo se cuestiona su
profesionalismo que sus salarios. Se les señala como cómplices de
guerrilleros o como viajeros frecuentes que casi no pasan tiempo en
México. Se les presenta como activistas políticos que buscan
desacreditar al gobierno federal. No hace falta presentar pruebas. O,
si se requiere, se inventan.
¿Por qué esa cruzada
contra el GIEI? La ofensiva arrancó el 6 septiembre de 2015. En esa
fecha, los expertos presentaron un informe de trabajo de seis meses,
que mostró la mentira de la verdad histórica
del gobierno y evidenció la imposibilidad de que los cuerpos de los
43 alumnos de Ayotzinapa hubieran sido incinerados en el basurero de
Cocula. Señalaron también nuevas rutas de investigación que las
autoridades deberían seguir para esclarecer los hechos.
Antes del informe del
GIEI, apenas y se difundían opiniones negativas sobre el organismo o
acerca de sus integrantes en los medios de comunicación. Casi nadie
cuestionaba su pasado laboral o su experiencia profesional. Las
primeras críticas comenzaron a escucharse en los últimos días de
agosto. Pero a partir de septiembre se convirtieron en un verdadero
alud de fango. ¿Así o más claro?
El epicentro de ese
ataque provino del núcleo más duro del Estado. La campaña recurrió
al más vulgar patrioterismo para tratar de descalificar a los
expertos extranjeros por no ser mexicanos. También acudió a José
Antonio Ortega Sánchez, personaje de los sótanos de la política
mexicana, integrante de la cofradía de ultraderecha El Yunque, y
presidente del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la
Justicia Penal AC.
Una de las demandas del
GIEI que más inflamaron a los sectores más duros del Estado fue la
de entrevistar a militares del 27 batallón de infantería, en su
calidad de testigos directos de los hechos ocurridos el 26 y 27 de
septiembre en Iguala. No pretendían interrogarlos judicialmente,
pero sí hablar con ellos. Cuando el Estado propuso que la PGR los
inquiriera, los expertos aceptaron con dos condiciones: estar
presentes y poder repreguntar o ampliar preguntas. A raíz de esa
petición las agresiones y calumnias contra los expertos se
intensificaron.
Curiosamente, José
Antonio Ortega Sánchez, heredero de la lucha cristera y uno de los
articuladores públicos de la cruzada anti-GIEI, se ha dedicado a
participar en actos de desagravio y homenaje al Ejército. El 11 de
marzo de 2015 estuvo presente en el cuartel militar Francisco Villa,
de la décima Zona Militar, para la realización de un homenaje a las
fuerzas armadas de México. El 28 de julio de 2015 participó en el
homenaje que Index, sección Nuevo León, organizó al Ejército en
instalaciones de la séptima Zona Militar. El 21 de septiembre de ese
mismo año, en la 25 Zona Militar en Puebla, el mismo Ortega Sánchez
hizo un reconocimiento a los actos heroicos de los militares por
construir la paz en México. Días después, el 30 de octubre,
presenció una reunión entre el entonces alcalde electo de
Cuernavaca, Cuauhtémoc Blanco, y el general de brigada diplomado de
Estado Mayor Fausto Bautista Ramos, encargado de la 24 Zona Militar.
La lista sigue.
El GIEI vive un momento
crucial. El 30 de abril se cierra su segunda etapa de trabajo, y todo
hace suponer que, a pesar de la exigencia de los padres de familia de
los desaparecidos que desean que los especialistas permanezcan en el
trabajo, el gobierno ha decidido no renovar su contrato.
Con el reloj caminando a
gran velocidad, durante las próximas seis semanas se desarrollará
una sorda batalla. Aunque la verdad histórica
naufragó, el gobierno trata de ponerla a flote de cualquier manera.
Hasta ahora, los expertos han logrado impedir la maniobra, al tiempo
que buscan que se esclarezca realmente lo sucedido.
Pero, más allá del
desenlace formal que tenga este episodio por el relato, sigue en
disputa el camino que seguirá la investigación. Tal y como fue
armado el expediente del caso, la pesquisa gubernamental busca
presentar la noche de Iguala como una acción local perpetrada por el
crimen organizado. Sin embargo, hay elementos muy sólidos que
permiten establecer jurídicamente que se trató de un crimen de
Estado.
El aferramiento gubernamental a su narrativa y la guerra de lodo contra el GIEI le traerá un costo político mayor que el pagado hasta ahora. En el terreno internacional, su prisa por cerrar el caso a como dé lugar, impidiendo que la verdad aflore, no hará sino aumentar las dudas sobre su responsabilidad en el crimen. Si se niega a esclarecer lo sucedido, Ayotzinapa perseguirá a los funcionarios de esta administración muchos años después de que hayan salido de sus cargos.






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