Día tras día, la
realidad magisterial contradice los propósitos y los dichos del
secretario de Educación, Aurelio Nuño. Los maestros de carne y
hueso caminan en dirección distinta a las palabras del funcionario
público. Cuando él dice ¡sí!, ellos responden ¡no! Ni siquiera
los docentes a los que premia y alaba están de acuerdo con él.
Así sucedió el pasado
3 de marzo. Mientras el secretario anunciaba que en México había
profesores destacados y de excelencia, como lo demostraban los
resultados de la Evaluación al Servicio Profesional Docente, esos
mismos educadores le aclaraban que en México ‘‘no hay maestros
ni de primera ni de segunda ni de tercera, sólo maestros”.
En la misma reunión en
que el secretario trató de dividir a los mentores, y ensalzó la
evaluación punitiva –escribió Laura Poy–, Lucero Navarrete,
maestra de primaria de Chihuahua, le respondió: los resultados del
examen al desempeño docente dependen de muchos
factores y de las circunstancias personales que cada uno de nosotros
experimentó... a unos nos favorecieron y a otros no, pero hay muchos
que no obtuvieron el resultado que merecían, porque el trabajo que
realizan en su escuela es muy diferente a lo que viene en un examen,
al miedo o a las circunstancias.
Apenas el 22 de febrero,
Aurelio Nuño había chocado con el magisterio oaxaqueño. Ese día,
protegido por un fuerte operativo policiaco-militar, se presentó sin
avisar, acompañado del gobernador Gabino Cué, en la escuela
primaria Emiliano Zapata, en Miahuatlán, Oaxaca.
El objetivo explícito
del acto era dar el banderazo de salida al programa Escuelas al Cien.
El propósito no declarado era mostrar que el magisterio del estado
se encontraba en calma y bajo
control. El resultado fue contraproducente.
A los maestros de la
Emiliano Zapata se les obligó a recibir al secretario bajo amenaza
de despido. Moisés Robles, el policía que dirige el Instituto
Estatal de Educación Pública de Oaxaca, les advirtió que si no
cooperaban sufrirían el cese inmediato.
Para realizar el acto
oficial, las instalaciones escolares fueron cercadas por elementos de
la Policía Federal, granaderos y Ejército. Un policía vestido de
civil amenazó con un arma al maestro que resguardaba la puerta de
entrada. Las llamadas telefónicas fueron bloquedas.
Ante el despliegue y la
intimidación policiaca, padres de familia montaron en pánico.
Muchos se negaron a llevar a sus hijos a clases y otros regresaron a
sacarlos de la escuela. Dentro de la Emiliano Zapata los niños
lloraban, se quejaban de que les dolía cabeza y se enfermaban del
estómago. Para resguardarlos y tranquilizarlos los profesores los
metieron a los salones.
El programa oficial duró
apenas unos 20 minutos y estuvo lleno de contratiempos. Sin alumnos
suficientes, la banda de guerra no se pudo integrar. Ni siquiera los
niños de la escolta estaban completos. A pesar de ello, las
autoridades realizaron la ceremonia del toque de bandera y entonaron
el Himno Nacional. Al final, informaron que a la escuela le iban a
dar 2 millones de pesos.
Durante la reunión,
oliendo a alcohol, el gobernador Gabino Cué apenas hilvanó unas
cuantas palabras. Bajo amenaza de cese, con las cámaras de
televisión frente a ellos, contra su voluntad, los profesores fueron
obligados a reunirse con el secretario Nuño. Una maestra lo
cuestionó sobre por qué entrar a la escuela con tanta policía.
Varios profesores le preguntaron por qué la evaluación pretendía
castigarlos y no capacitarlos. La directora Paulina Miguel Pérez le
señaló la necesidad de que recibiera a sus dirigentes de la sección
22 para iniciar un diálogo.
La SEP anunció que en
la Emiliano Zapata se había formado el primer Comité de Padres de
Familia y el primer subcomité de Infraestructura Escolar de Escuelas
al Cien. La realidad es otra. El comité ya se había formado, pero
no para este programa. Es el mismo que se forma y funciona cada año.
Ni maestros ni padres de familia tenían información previa del
programa. Apenas una semana antes, unas personas llegaron a la
escuela a realizar un diagnóstico, pero nunca informaron realmente a
qué iban.
De los 2 millones de
pesos que, como parte del programa Escuelas al Cien, las autoridades
educativas ofrecieron a la Emiliano Zapata (y al prescolar que se
encuentra junto a ella), ni maestros ni padres de familia saben nada.
Nadie se ha parado por allí para cumplir la promesa.
La incursión policiaca
del secretario Nuño a Miahuatlán fue una afrenta al magisterio
oaxqueño. La reacción no se hizo esperar. El 1º de marzo, el mismo
día en el que el titular de la SEP anunció el despido de más de 3
mil maestros que se negaron a realizar el examen de evaluación al
desempeño, más de 80 por ciento del magisterio de la entidad
suspendió labores y bloqueó las principales carreteras del estado.
Como remate, dos días
después, el 3 de marzo, más de 14 mil profesores del istmo
suspendieron labores, mientras otros 6 mil bloquearon la Carretera
Transístmica y chocaron con la policía para protestar por la
presencia del presidente Enrique Peña Nieto en esa región de
Oaxaca. La movilización fue convocada y organizada de un día a
otro.
En Solving
the Mystery of the Schools, una reseña
acerca de dos recientes libros sobre el fracaso de la reforma
educativa en Estados Unidos, Diane Ravitch, ex subsecretaria de
Educación de ese país, concluyó: Los autores
de estos dos libros demuestran que las grandes ideas no pueden ser
impuestas a las personas sin su consentimiento. El dinero y el poder
no son suficientes para mejorar las escuelas. La mejora real ocurre
cuando estudiantes, maestros, directores, padres y la comunidad local
colaboran en beneficio de los niños
(http://goo.gl/XCIXwu).
Muchas de las
conclusiones del análisis de la doctora Ravitch valen también para
México. Allí están algunas de las claves que explican el porqué
del divorcio de los afanes y dichos del secretario Nuño con la
realidad educativa del país.







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